martes, septiembre 13, 2016

Gran turismo

Sinuosa brecha
oculta en penumbras

un disparo
relámpago

y el cielo vuelve a dormir.




(Alma Ramírez, 2016).

domingo, abril 17, 2016

Promesa

Se juró nunca repetir la tristeza infinita de su madre.

Jamás imaginó un sentimiento de fracaso tan vasto.


lunes, enero 18, 2016

Ajustes

Dábale por domar a la dama. Desenlace: dama domó alfil. Durmió en el tablero.

martes, enero 12, 2016

Sensorial

Tres mujeres entran al ascensor sin despegar los ojos de las pantallas de sus smartphones. Hablan entre sí, se ponen al día en sus vidas mientras chatean con alguien más. En el lapso en que el elevador sube tres pisos jamás hacen contacto visual. Salen de ahí igual, la mirada fija en sus teléfonos. Se van.

Otras chicas se toman por lo menos tres o cuatro selfies diarias. Duckface, destacan sus traseros, sus senos, el celular en ángulo de picada. Al fondo, cualquier escenario evocador, natural o artificial. Las tomas en sanitarios están out. Fuman y se inmortalizan efímeramente en sus redes sociales mientras exhalan el humo. Las habita el terror a envejecer, a no ser admiradas, a quedarse solas. Pero lo están, sienten que lo están. Incluso les aterra que sus padres lleguen o superen los 40.

Viven la vida de las celebridades, hacen suyas sus victorias y diseccionan sus errores. Cuando menos lo piensen, dejarán atrás sus veintes vivenciando a distancia experiencias ajenas desde su smartphone.

Dicen que al tomar una foto, el instante en que se da el clic realmente no lo vemos, es decir, en el momento intermedio entre el antes y el después de tomar una imagen estamos a ciegas. El aparato lo capta, nuestra vista no.

¿Qué hacer con la orfandad de la mirada?

viernes, enero 08, 2016

Resumiendo




Recapturan a El Chapo.

Fin de semana.

Todos muy contentos.

El dólar, a 20.

Eso sí es Mover a México.

martes, noviembre 10, 2015

Variación 2015 de algo de 2011



Inconcebible
maldición más grande que la animalidad
del cuerpo revelada.
Ojalá tus huesos
no conozcan jamás el reposo.
No hay lugar a engaños,
debí cerrar los ojos.


He cavado mi propia tumba.



(Alma Ramírez)

viernes, octubre 16, 2015

Inbox muerto: 2004.

En la oscuridad, entre la selva, acecha un racimo de rostros con lágrimas tatuadas en las mejillas. Esperan el paso del tren de carga. Es el infierno que se lleva dentro. Es la furia irracional, inhumana, sórdida. Es la Mara Salvatrucha a punto de saltar sobre los indocumentados que acaban de cruzar la frontera rumbo a la tierra prometida que imaginan en el paraíso capitalista del norte. El gran fenómeno de las migraciones, su violencia y degradación son el motor de esta novela cubierta por las huellas que a su paso dejan las masas emigrantes, por los cambios que sacuden las costumbres locales y el lenguaje. Su territorio es surcado por el Suchiate, río que divide Guatemala y México.

¿Qué te motiva a escribir esta novela?
Fue mucho antes de que se conociera este fenómeno. Por el 2001, estábamos en Monterrey, en una reunión, cuando me llama mi hija desde la Ciudad de México para preguntarme que qué sabía de la Mara Salvatrucha, porque tenía que hacer un trabajo en la escuela, y yo no sabía nada. Comencé a preguntar y empecé a gestar la idea. Dicen que los temas los busca el escritor o el tema busca al escritor. Creo en esta ocasión que el tema me buscó. Del tema se sabía muy poco, no había nada mediático. Le hablé a algunos amigos de Tapachula para ver qué sabían del tema. Me dijeron que mucho. Así que dos o tres días después partí a la Ciudad de México y luego a Tapachula, porque sentí que ése era el tema.

No tuve ningún problema en escogerlo, solamente que el tema me pegaba de brincos: crónica, reportaje o novela. Marcaba más para la crónica o el reportaje, pero yo quería hacer una novela, hasta el momento que sentí que el número de cosas que había visto, sentido y oído, más lo que me imaginé, me empezó a temblar la posibilidad. Y de repente entró la novela, haz de cuenta como cuando abres una puerta y ¡fum!, toda el agua te cae encima. Tenía cerrada la puerta y no la podía abrir. Adentro, en la cabeza, se estaba juntando toda el agua.

Había estado viajando varias veces. Ya no pensaba en si sería novela u otra cosa, eso lo pensaría después. Cada vez que podía me iba a tomar cursos de literatura a Tapachula para poder estar ocho días seguidos ahí, trabajaba en las tardes y  las mañanas y el mediodía me iba a recorrer todos los lugares, y luego en las noches casi no dormía, me iba a tomar tragos, a meterme a los burdeles, a cruzar el río, etcétera, para ir acumulando. Luego volver a las cinco de la mañana a dar el curso casi durmiéndome. Muchos del curso me ayudaron, me dieron palabras, otros me dijeron cómo se decían en guatemalteco, en hondureño. A partir de esos elementos construyo el lenguaje de la novela.

Miedo tuve para poder enfrentarme a estas bandas. Meterme a la selva, a los burdeles, cruzar el río de mojado, andar por esos pueblos espantosos del norte de Guatemala; pero más miedo me daba al momento en que tenía el montonal de hechos y no tener la calidad suficiente de escribir una novela que correspondiera al peso de tales cosas.

Es una novela que habla de la calidad literaria de la novela, no del tremendismo de la novela, no de lo rojo, lo sangriento, de lo terrible, sino de lo bien escrita que está, de este lenguaje que se ha ido metiendo en los meandros de la novela, en momentos casi poéticos, sensibles, jugando con los colores, los ruidos, los sabores, los insectos, las oscuridades. Es una novela sórdida con un lenguaje brillante, que hace aun más sórdido al libro. Cuando escribes sórdido pero con palabras de delegación, la sordidez tiene una connotación, pero cuando lo sórdido se hace poético, se hace más fuerte.



(Alma Ramírez. Fragmento de entrevista a Rafael Ramírez Heredia [1942-2006])