De la Florida a Valle Oriente*


foto: Alma Ramírez

El amor entra por los ojos aunque los rayos del sol veraniego de Monterrey obliguen a entrecerrarlos. El perímetro del mercado sobre ruedas que cada jueves y sábado se instala en la Florida, al sur de Monterrey, es amplio y supera la extensión del campo de futbol llanero que delimita uno de sus costados, cerca de la calle José Alvarado. Entre los pasillos compuestos por locales improvisados a base de estructuras metálicas con techos de lona, plástico e incluso simple tela, la oferta es envidiable tanto por su diversidad como por los precios: ropa, alimentos, electrodomésticos, blancos, productos para el cuidado personal, calzado, gadgets, accesorios, suplementos alimenticios, juguetes, perfumería.

Sean productos de primera o segunda mano, la impronta de las marcas sobresale desde las mesas plegables o improvisadas con tablones y cubiertas con manteles. Tan seductoramente como desde las pulcras vitrinas de un populoso centro comercial de los que abundan en Monterrey y el área metropolitana, la diferencia es que por ejemplo, no existe una barrera de cristal entre el deseante y lo deseado.

Compro, luego existo
es el título de un libro de Guadalupe Loaeza que bocetea y caricaturiza la cultura del consumo de un mexicano más global que hace tres décadas. Esta variante del cogito, ergo sum, célebre aportación cartesiana, expone una realidad, la del deseo de poseer un objeto que se obtiene vía una transacción económica, deseo que trasciende la utilidad o necesidad que se tenga del objeto. El encanto de comprar no tiene precio y siempre es un placer. El placer te hace sentir vivo. Y por lo tanto, existes.

La gente busca las marcas en las cosas, pero también pagar por ellas precios justos según el poder adquisitivo de cada quien. Así, en un polo comercial como Galerías Valle Oriente, en los límites de los municipios de Monterrey y San Pedro Garza García, será posible encontrar vestidos cuyos precios oscilen entre los 300 y los tres mil pesos, mientras que en el mercadito van de los 70 a los 500, con idéntica calidad de factura y materiales. En ambos casos, buena parte de los productos son importados del extranjero, principalmente de Estados Unidos, proveedor histórico de satisfactores y mercancías de todo tipo en esta parte del país. Pacas o lotes, saldos, liquidaciones o novedades, el imperio de la compra venta campea lo mismo en el polvo que levantan miles de pies que aran el piso de tierra del mercadito, haga frío o calor, que bajo el confort de las magnas estructuras de acero, cristal y concreto climatizadas y con piso de mosaico.

El centro comercial Valle Oriente, por citar un ejemplo, con su complejo de cines, tiendas departamentales y restaurantes, y el mercado sobre ruedas de la Florida, constituyen dos universos hermanos, a pesar de sus diferencias en infraestructura, precios, usos y costumbres.

Después de un rato de curiosear o comprar llega la sed, el hambre, o ambas, y el oasis del área de comidas siempre está cerca. A manera de islas o en un amplio espacio, la oferta de comida y bebida del mercadito destaca con detalles como el que las tortillas de harina de los tacos que pides son hechas en ese momento y los guisados y salsas son del día, así como los jugos de naranja y tepache que un joven envasa bajo un parasol. Es decir, los alimentos son frescos, mientras que en el centro comercial la certeza de ello queda en entredicho tras degustar una crepa rellena de embutidos y sazonada con orégano y sal de mar. Orden de tacos con refresco made in la Florida: de 37 a 40 pesos. Combo de rollo de sushi y ensalada sunomono, sin refresco: 89 pesos.

Otra diferencia entre ambos templos del consumo radica en el inevitable caos y bullicio en el sector alimentos: en el mercadito, la interacción entre comensales, mesero, cocinero y cajero ocurre y fluye; en el centro comercial eliges restaurante, haces fila, ordenas, pagas, recibes un ticket y mientras tu comida está lista debes buscar mesa y silla disponible entre la marabunta de gente que ya no habla sino grita entre sí, envuelta en una nube de vapor y humo de alimentos que en el mercadito se mezclan con el exterior. Quienes atienden los locales de comida del mercado suelen ser parientes entre sí y propietarios en igual o distinta proporción; en los del centro comercial no son parientes ni propietarios, sino empleados contratados para atender una franquicia.

Placeres sociales
Irónicamente, muchos recurren al mercadito para actualizar o cambiar el guardarropa, sobre todo los y las adolescentes que por 500 o 600 pesos —o menos— pueden comprarse el doble o triple de prendas que podrían adquirir en el centro comercial, para luego ir a éste con sus amigos a comer algo, ver una película o sólo deambular por los pasillos tomando nota de las tendencias de la moda y así saber qué buscar en la próxima excursión al mercado sobre ruedas. Sin embargo, también en el centro comercial es cosa de buscar las ofertas. Trabar amistad con los vendedores funciona, pues si les caes bien te avisan de inminentes liquidaciones, descuentos; incluso, si se los pides, serían capaces de “separarte” el producto de tu elección. Todo depende de las habilidades para socializar de los interesados.

La música de fondo forma parte de la experiencia de comprar. Así, mientras revisas playeras Aeropostale, Gap, Sonoma u Old Navy, saldos de bisutería de los almacenes Macy´s o bolsos de Saks, un dueto de rapados, uno con acordeón y otro con percusiones, recorren los pasillos de plástico, calor y polvo del mercado mientras tocan vallenato. En la fresca, limpia, perfumada y cómoda atmósfera de Valle Oriente, el ambiente se complementa con baladas, rock, indie o lo que se prefiera en cada local. Regatear en esta clase de espacios es una utopía, para eso están las etiquetas, dirían algunos. Por el contrario, en el mercado sobre ruedas es lo usual, de ahí que la filosofía del ganar-ganar tenga más significado ahí que en otros comercios.

Entre montones de trajes de baño y zapatos, un joven ofrece consolas de Xbox 360 en diversos modelos. Pide por una de ellas 3 mil 500 pesos y asegura que en otros sitios costará cuatro mil. La consola no está dentro de una caja, menos pensar en un instructivo, pues el equipo es de segunda mano, dice, pero ofrece tres meses de garantía contra cualquier desperfecto. Es insistente y cuenta que prueba suerte en los mercados sobre ruedas luego de ser uno de los tantos desalojados de la zona de Reforma y posteriormente reubicados al pasillo comercial de La Ranita, al poniente. El valor de la palabra suele respetarse aún en estos sitios, por ello es usual que los clientes puedan liquidar en pagos o pedir crédito a los locatarios bajo el amparo de la buena fe, cosa que en ninguno de los centros comerciales ocurrirá jamás.

Con improvisados cartelones en color blanco o fosforescente, algunos comerciantes del mercado anuncian los precios de sus productos. Blusas en 80 pesos, trajes de baño Speedo desde 70 pesos, shorts a diez pesos, tratamientos faciales en 150. Así, el visitante primerizo se acerca y mira, mientras que el cliente frecuente sabe bien a dónde y con quién llegar. En los centros comerciales no hay precios a la vista, debes entrar al local si algo te interesa, y una vez dentro, la magia de la publicidad hace su trabajo. Estantería atractiva, el uso de colores indicado para atraer, módulos en cartón, metal o fibra de vidrio con diseños vistosos. Además del producto se venden toda clase de experiencias y fantasías, y si el empleado es lo suficientemente bueno, conseguirá que la curiosidad inicial por un objeto se convierta en necesidad de llevarlo a casa a como dé lugar. Si se carga con chequera, o una tarjeta de débito o crédito y ganas de comprar, el trato está cerrado.

¿Efectivo o tarjeta?
En el principio fueron los tianguis o mercados sobre ruedas, las flea market o pulgas, y de ahí surgieron los centros comerciales, monstruosos escaparates de deseos y al mismo tiempo sitios cómodos, de amplios pasillos. Así, mientras en los mercaditos la actividad comienza alrededor de las ocho de la mañana y concluye entre el mediodía y la una de la tarde, en los centros comerciales se abre en promedio entre ocho y diez de la mañana y se cierra hasta doce horas después, pues todo está dispuesto para que el cliente se quede el mayor tiempo posible y compre más. Confort, alimentos, sanitarios, áreas de descanso. En el mercadito, en cambio, se vale escoger cualquier objeto y al mismo tiempo comer o beber algo, pues no hay leyendas que prohíban meter comida a las carpas.

En el mercado es indispensable llevar gorra, sombrero y lentes de sol para hacer un recorrido completo, pero no hay que pagar por estacionamiento. En el centro comercial sí, pero no hace falta lo otro. Al final no es que un lugar sea mejor que el otro, simplemente que en esencia, la ley de la oferta y la demanda no distingue entre clases sociales, salvo a la hora de pagar.

En el mercado no hay probadores, las prendas se miden a ojo o encima de lo puesto. En el centro comercial, el local de almohadas ortopédicas de mil 500 pesos y colchones ergonómicos con tecnología cien por ciento sueca de más de ocho mil pesos siempre estará en el segundo piso, mientras que sus contrapartes rodantes tendrán un sitio distinto cada día de vendimia. En el Starbucks de “VO” puedes elegir si tu café llevará leche normal, light o deslactosada; en el mercado lo más light, además del jugo de naranja, será un Coca Zero. Sin exagerar, en cada rincón de ambos espacios bulle la filosofía, incluso cierto espíritu terapéutico para quienes comprar es un instrumento para recuperar o mantener niveles aceptables de autoestima. Después de todo, a quién no le place darse un gusto. A diario, por semana, mes, año, o de plano, cuando se puede.

La aventura de comprar tiene su encanto en ambos sitios, aunque volvamos a casa con objetos que, luego de algunos días, no tengamos idea de para qué los compramos. Entonces el ciclo se cierra. Al menos hasta el próximo tour.

Alma Ramírez, marzo 2012. D.R.
*Versión íntegra de la crónica publicada en el tercer número de la revista Identidades, realizada por el Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, presentada el 29 de marzo.

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