Onirosis II

Me vi afuera de la casa del abuelo don Carlos, el padre de mi madre, allá en la Burócratas Federales. La casa como siempre, con su barda de malla ciclónica, su pasador de metal que siempre hace ruido cuando abres o cierras la puerta de la calle. La casa con vista de ladrillos color amarillento y paredes blancas y rojas, y el pasillo en el cual por las noches, don Carlos afirmaba que vivía el Diablo.

Pasé de la calle al porche, y vi a Rebeca. Nos saludamos. En eso, vi al abuelo a través de una de las dos ventanas que dan a la calle. Le pregunté a Rebeca que cómo andaba de salud y me dijo que muy bien, lo cual me sorprendió porque el hombre ya pasaba de los ochenta años y se había fracturado la cadera. Ella dijo que caminaba muy bien y que estaba contento. Como no le creí me metí a la casa para comprobarlo.

Y sí, el señor andaba lento pero muy a gusto por la sala, como si no hubiese ocurrido nada. Un milagro médico, dirían algunos. Me vio con esa mirada como de niño travieso con la que sale en algunas fotos. Sus ojos grandes, el sello Ponce de León. Así que pues todo muy bien, la sensación general era de tranquilidad.

Luego vi a mi madre en uno de los cuartos. Tenía un teléfono en una de las manos y parecía hacer una llamada a escondidas. Vagamente recuerdo que le pregunté que a quién llamaba y no me quiso decir, así que sospeché que hablaba con mi padre.

Era de tarde. Tarde de otoño, roja, fresca y cálida a la vez. Salí de nuevo al porche.


Ahí se acabó mi sueño de anoche. Hace mucho que no soñaba con muertos.

Comentarios

no encontré onirosis I.
Alma Ramírez dijo…
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