Warning: Amantes de la Navidad, favor de leer otros blogs

La gente común y corriente se aferra a las fiestas decembrinas como un imán al refrigerador. Desde hace un mes, quizá más, se preocupa por desempolvar los adornos o comprar nuevas series de luces -cada vez más desechables- para el pino.

Piensa en el dinero que destinará para los regalos o en los obsequios que enlistará para el o los intercambios que algún ñoño o ñoña se ofrecerá a organizar, mientras desea recibir lo que pedirá y no otra taza rellena de dulces, una bufanda hecha en casa o un imbécil adorno para la casa que sólo usará una vez.

Conforme aumenta el frío y se acerca la fecha crucial siente que el tiempo se acorta peligrosamente y -así como el dinero- no le alcance para todos los compromisos -auténticos u obligados- que ha acumulado a lo largo de su vida, y peor aun, del año. Y si acaso no se ha preocupado mucho por ello no importa. El merchandising con los aparadores llenos de tonterías se encargará de recordárselo.

Es cierto. En la infancia ésa era la magia de la Navidad, que nadie se engañe. Aguardar como cachorro hambriento la llegada de Santa le pasó a todos. Tampoco se trata de ponernos moralinos a estas alturas diciendo que si el consumismo producto de un sistema capitalista es el gran villano de este filme global. Ya no tiene sentido.

Las tiendas de autoservicio y otros espacios se convierten en improvisados mini bosques de olorosas coníferas listas para adornar miles de hogares durante un mes para después -pardos y secos- realizar el viaje sin retorno a bordo de la carroza de Pasa o en su defecto, una carreta jalada por un escuálido cuaco o burro sarnoso. Sin ceremonia de despedida, ni un “era tan bueno”. Algunos de ellos tienen relativa suerte y son cremados por algún chamaco sin qué hacer o sabios ciudadanos sin cerebro de los que cada vez hay más en una ciudad tan damnificada de ideas como Monterrey.

Si agregamos la tradicional cena en familia o con amigos, la secuencia no se interrumpe. Todo en automático, los mismos rituales con el pisto de por medio que los hace más o menos llevaderos, que culminan con la apertura de regalos, apenas unos minutos de juego sorpresa-sorpresa. Pasa esta fase y como por magia, la pegostiosa normalidad se sienta a la mesa a devorar restos fríos de comida y licor junto a borrachos claridosos, maníaco depresivos, obsesivos, celópatas o que rumian rencores añejos. Pequeñas bombas de relojería listas para tronarte en la cara. Todo tan aburrido de tan predecible.

Pesimista, realista, radical, cruel, grinchesco. Qué más da. Quizá para esa misma gente tanto desmadre valga la pena sólo por unos instantes de felicidad compartida, pero en solitario. Un orgasmito con olor a canela contra el buqué a podredumbre de un provenir incierto.


(Luego ahondaremos en la parte feliz de las fiestas: reencuentros, cariño, entrega desinteresada, esperanza, etc etc). Deje sus comentarios.

Comentarios

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Y si siguen moliendo con los intercambios navideños, ni madres que les doy lo que piden, se joden con un buen disco llamado "Eterna Navidad" (Oscar Athié, Erika Buenfil, Pandora, Hernaldo Zúñiga)

En fin... mejor sigo recordando los olores de aquellas navidades de mi infancia.
Pablo Perro dijo…
Romina pasa de la sana indiferencia por la temporada navideña al franco desprecio por la raza humana, ¿Como vas a regalar esa chingadera?

Por mientras yo tengo todo resuelto desde hace muchos años, navidad sirve pa comer un chingo, pistear de a madres y al que quiera regalo le va a tocar una foto, chingose. Lo del espíritu navideño ni me va ni me viene.

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